Innovación – Asociativa -en “Red”

Ríos de tinta, roja en este caso, se escriben en estos días entorno a un equipo de fútbol que nos obliga a pellizcarnos para demostrarnos que no estamos soñando, que lo que estamos viendo partido tras partido no es más que la nítida realidad.

No puedo, ni acostumbro, ni quiero,  ver todo lo que sucede en la vida desde el prisma de la gestión de personas en las organizaciones, pero hay situaciones en las que no puedo sino hacer una traslación cuasi-directa de algunos acontecimientos ; el deporte es una disciplina que nos suele servir en bandeja infinidad de situaciones susceptibles de ser extrapoladas al ámbito de la gestión en las organizaciones, y esta ocasión, con la emoción colectiva encaramada a lo más alto gracias a los logros conseguidos, bien merece que le dedique unas líneas.

Creo firmemente que el fútbol desarrollado por este equipo lleva un mensaje encriptado que puede ser descifrado y puesto en escena en el ámbito de las organizaciones, su manera de practicar este deporte, nos deja entrever algo, que va más allá de la revolución que todo el mundo ve en su estilo de juego… algo, porqué no, exportable a la forma de gestionar organizaciones y personas hoy en día…

Innovación… fundamentada en la capacidad de asociación.

Aunque la capacidad de crear radica fundamentalmente en alguno de ellos, es la ejecución de la permanente asociación entre sí la que permite que fluya la innovación para inventar jugadas y, por ende, resultados, de la más absoluta nada.

Inteligencia colectiva… apoyada en el conocimiento que cada uno tiene de sí mismo y de los otros.

Pese al talento que derrocha cada jugador a título individual en su demarcación, su grandeza como equipo radica en el profundo conocimiento que cada uno tiene de la inteligencia individual del otro; la suma de este inter-conocimiento  da como resultado una Inteligencia colectiva difícilmente superable.

Liderazgo distribuido… en base a la confianza

Muchos de ellos ejercen un papel de líder en el seno de sus respectivos equipos, sin embargo, cuando su performance se conecta en este equipo, cada uno transfiere el liderazgo al jugador que tiene más cerca, otorgando una papel primordial y de referente, al mismo nivel, los unos a los otros.

Net-working como forma de juego…  con el concepto generosidad como telón de fondo.

Su puesta en escena está repleta de ayudas, soportes y coberturas, solidaridad al fin y al cabo, en todas las facetas del juego.  Cuando el trabajo y esfuerzo individual puesto en práctica por cada uno de ellos se ofrece al resto, entonces, es cuando el concepto  cooperación en red se materializa, haciéndose tangible.

Pese a los siglos que lleva practicándose este deporte, este grupo de jugadores parecer ser el mejor, quizás único intérprete, de lo que podríamos denominar hoy: fútbol de innovación asociativo en red.

Los resultados, están a la vista de todos, me pregunto, que pensarán muchos CEO’s, ejecutivos y líderes organizativos tras cada partido de esta selección, al ver levantar una y otra vez la Copa al cielo…

En mi caso, no dejo de preguntarme la manera de exportar los conceptos que rodean este estilo de juego a la gestión de las organizaciones y sus personas… mientras, en paralelo, disfruto con sus triunfos, me recreo en su estilo de juego,  grabando en mi memoria momentos inolvidables para contárselo a las generaciones que están por venir…

Esto también es algo más que un post, es mi humilde homenaje a algo más que una mera selección de jugadores de fútbol… ¡Enhorabuena!

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El relevo

Desde que entro en escena tan solo su presencia le producía un profundo malestar. Llegar al aparcamiento de la oficina y ver su flamante coche recién estrenado aparcado junto a su plaza le despertaba instintos barriobajeros. Tenía que hacer un considerable esfuerzo para contener la ira que emergía de la boca de su estómago antes de entrar en la oficina y comenzar a dar los buenos días a todo el mundo. Pero su imagen pulcra, estirada y refinada, el “caché” ganado a pulso durante tantos y tantos años no le permitían dar señales de debilidad ante los que durante años habían sido sus subordinados.

Tras casi 15 años dirigiendo el Departamento Comercial, haciendo siempre gala de una entrega incondicional, anteponiendo en todo momento y bajo cualquier circunstancia los intereses de la empresa ante cualquier otro, incluso de índole personal, presumiendo de no de haber cogido vacaciones en años y haber estado siempre al pie del cañón, defendiendo contra viento y marea los intereses de la empresa , Alfredo, hacia escasos meses había pasado a ser el nuevo “Business Development Manager” , eso sí, reportando a Gerardo González, un ejecutivo de 37 años, a quien avalaba la nueva sede central merced a una exitosa carrera profesional en EE.UU. y U.K. Sus logros profesionales en empresas de la competencia y su interminable lista de programas Executive en prestigiosas escuelas de negocio eran sus mejores cartas de presentación.

El día que el Presidente le invitó a comer en privado, Alfredo, esperaba, como de costumbre uno más de los  tantos y tantos reconocimientos recibidos de la mano de su más firme valedor; otra palmada en la espalda que presumiblemente pasaría a formar parte de la colección acumulada durante sus años en “la casa” y que le permitiría, si cabe aún más, lucir los galones y estrellas que, con el paso del tiempo, adquirían más y más brillo. Pero aquella comida fue diferente, a la altura del postre, recibía la noticia más inverosímil que pudiera imaginar. El “nuevo” Director Comercial, parapetado tras un puesto ahora llamado “Global Sales General Manager” se incorporaría en apenas tres meses.

El Presidente le dejó claro que se seguía contando con él por infinidad de motivos, entre los que destacaban su exquisito conocimiento del sector, su relación privilegiada con la mayoría de las “big accounts” y la lealtad y compromiso exhibidos de manera sobresaliente, durante su trayectoria en la organización; el nombramiento de Gerardo, sin embargo, era un movimiento estratégico necesario, auspiciado desde la nueva sede central, desde dónde se había tomado la decisión de incorporar a un ejecutivo de corte más internacional, que aportase otras experiencias, ideas frescas, sabía nueva en ultima instancia.

Cuantos más detalles recibía más profunda se hacía la herida, y más se desangraba su orgullo. En su cabeza, solo visualizaba su carrera desmoronándose como un inconsistente castillo de naipes al que resoplan en su base. El mundo ideal en el que se había desenvuelto como pez en el agua durante los últimos años, simplemente, se lo estaban robando. Su estado de shock no le permitió más que pedir escasas explicaciones y hacer alguna pregunta estúpida sobre el dibujo de la, más que obvia, nueva estructura; el vapuleo que acababa de recibir apenas si le dejaba energía para levantarse de la mesa. La misma lealtad de la que tanto alardeaba le reprimía ahora como a un esclavo para alzarse en contra de semejante humillación. Tras un “tranquilo Alfredo, todo va a ir bien” acompañado de un contundente apretón de manos, acabo la única comida de trabajo que no podría olvidar en toda su vida.

Corrían aires nuevos en la organización desde la entrada en el accionariado de la multinacional holandesa, pero desde que eso tuvo lugar hace cerca de un año, apenas se habían producido cambios reseñables, más allá de las típicas visitas de cortesía desde Headquarters. Nada hacía sospechar, máxime teniendo en cuenta que los resultados se mantenían, que cambios de calado, pudiesen tener lugar; y, en todo caso, él, desde su privilegiada atalaya situada a la diestra del máximo responsable, habría tenido acceso a información de primera mano y antes que nadie. Pero no fue así.

Mientras recibía la noticia quería pensar que se trataba simplemente de una broma de mal gusto, un mal sueño del que despertaría, pero desafortunadamente le estaban describiendo su nueva realidad.

Sin duda el peor trago que tuvo que pasar, más amargo incluso que la propia noticia en sí misma, fue aguantar estoicamente las preguntas y gestos de incredulidad por parte de cualquiera que tuviese un mínimo contacto con él, bien fuese en el previo a una reunión, o sirviéndose un café en el office de la quinta planta. Su profundo ego y su orgullo le obligaban a vomitar frases políticamente correctas: “es un cambio positivo para la compañía, seguro que hace grandes aportaciones” ó “haremos un equipo magnífico, su experiencia va a traer nuevas ideas y más negocio”.

Casi sentía la necesidad de enjuagarse la boca después de semejante esfuerzo de contención. Los primeros días, se miraba al espejo antes de salir de casa, pensando que ningún “ejecutivo imberbe” con pedigrí internacional estaría a la altura de las circunstancias y que el fracaso del “intruso” sería una cuestión de tiempo.

A medida que se aproximaba el día de la incorporación de Gerardo, el sentimiento de orgullo y el deseo de revancha que se vería satisfecho con la no aceptación del nuevo Director por parte de su gente de confianza, comenzó a tornarse en inseguridad, incluso en miedo.

Por primera vez en años, empezó a cuestionarse su valía profesional. La incertidumbre, esa gran desconocida hasta entonces, empezaba a recorrerle el cuerpo en forma de escalofríos. Su apariencia rocosa, altiva, inalcanzable, solo se hacía vulnerable cuando traspasaba el umbral de su casa y su mujer le preguntaba cómo estaba, entonces, Alfredo era Alfredo y su inseguridad se mostraba tal cual, desnuda, a pecho descubierto, ante una de las pocas personas que conocía al Alfredo frágil y vulnerable, perfecta conocedora de su talón de Aquiles.

Las primeras semanas fueron un auténtico infierno, reconocer la autoridad de Gerardo, máxime en público, cuando tenía lugar alguna reunión, le suponía realizar un esfuerzo sobrehumano, pero la proximidad, el don de gentes y ese vomitivo liderazgo natural resultaban infranqueables, un auténtico fortín inexpugnable.

Su ego se encogía a medida que transcurrían los días, por primera vez en su carrera se sentía un producto con fecha de caducidad, como un juguete viejo, arrinconado en una estantería. Tenía que hacer algo, esa mezcolanza de confusión, envidia, rencor y falta de confianza era una carcoma a su casta profesional.

A sus 50 años y pese a contar con un bagaje profesional envidiable, Alfredo se sentía un directivo frágil y cuestionaba su valía, su autoestima rozaba mínimos históricos. Había malgastado los últimos meses de su carrera reconcomiéndose por dentro, generando sentimientos improductivos y negativos, pero la situación era insostenible. Su orgullo profesional le susurraba al oído la necesidad de plantear su salida, no tolerar ni un día más semejante humillación; sin embargo, la inseguridad que le recorría la espina dorsal, y el miedo a enfrentarse a un mercado en horas bajas le desaconsejaban dar un paso en falso, se encontraba en un callejón sin salida, malos tiempos para su lírica. Contrariamente a su “práctica habitual”, decidió tomarse unos días libres que le permitirían relajar la tensión que ya se manifestaba con demasiada frecuencia en las facciones de su rostro y por qué no, pensar y definir con serenidad cuales serían sus siguientes pasos.

(…)

Transcurridos dos años desde que Gerardo asumió la posición, en la reunión anual de ventas y con la plana mayor de los “Headquarters” de Holanda asistiendo en primera fila a la presentación de resultados, Gerardo, tomaba la palabra…

“Los últimos dos años han sido probablemente los momentos más apasionantes de mi carrera profesional. Decidí asumir el reto de liderar el área comercial de una compañía de referencia en el mercado y ahora sé que tomé la decisión correcta. En estos veinticuatro meses hemos mejorado nuestra posición en el mercado, trabajando intensamente y sin escatimar esfuerzos. Ninguno de estos logros habría sido posible de no haber sido por una persona a la que todos conocéis y que al poco tiempo de mi llegada se erigió en mi principal soporte y aliado para liderar el área. Quiero aprovechar la ocasión para agradecer a Alfredo Sanz su confianza, su apoyo incondicional durante estos dos años, sin su conocimiento de la organización y del mercado, la Compañía simplemente no habría podido alcanzar los ambiciosos objetivos que nos marcamos, por lo que estamos en deuda una vez más con él; Gracias en nombre de todos, esperamos seguir contando con tu profesionalidad y tu saber hacer durante muchos más años…”

sin palabras…

Marcos llamó con discreción a la puerta de Jorge, el Jefe de Proyecto, mientras asomaba tímidamente la cabeza por la puerta entreabierta. Eran las 21:33 del viernes.

–          Disculpa Jorge, oye, ¿Qué tal te pillo?, te quería comentar un tema antes de marcharme.

–          Sí, claro, no te preocupes, tú dirás, pero date prisa que tengo que subir a ver al Jefe, ya sabes, no se quedo conforme del todo con el informe que le enviamos y quiere verlo de nuevo conmigo.

–          No te preocupes, no te robaré mucho tiempo, serán solo cinco minutos.

–          Bueno, tú dirás…, aunque supongo que es sobre el timing del proyecto, ¿verdad? Ya sabes que no te puedo dar más tiempo, vamos muy ajustados y si no lo entregamos nos van a caer por todos lados

–          Mira Jorge, no es exactamente sobre el timing del proyecto de lo que te quería hablar… ya sabes que desde hace ya demasiado tiempo he estado tirando del carro a lo bestia, sobre todo desde que salió Elena y no la reemplazamos; sobre todo desde entonces ha sido un no parar…

He estado reflexionando mucho y… verás…, creo que todo el esfuerzo que he hecho en estos dos últimos años tirando de este asunto,… enfin… que no se han traducido exactamente en lo que yo esperaba por parte de la empresa….

–          Pero hombre Marcos, ¿se trata de eso?, joder no te preocupes, ya sabes que dentro de unos meses estamos en proceso de revisión salarial y ya le dije a Recursos Humanos que este año me pasaba por el forro las dichosas bandas salariales, que estabas trabajando como una bestia y que no quedaría más remedio que reflejarlo en la revisión…

–          Ya, ya, gracias Jorge, pero no se trata de dinero, no de verdad que no es eso, hombre a todos nos gusta ganar más, claro está, pero de verdad que no es una cuestión de dinero. Mira, lo he pensado muchísimo, no he parado de darle vueltas a la cabeza durante las últimas semanas, y, lo que te quería comunicar es que he decidido dejar la empresa.

–          ¿Pero qué dices?- replicó Jorge sin dar crédito-, ¿justo ahora que estamos a cuatro meses de entregar el proyecto?, hombre no me jodas, ¿cómo vas a hacer eso?, ya te he dicho que la revisión está al caer y que este año no va a haber problemas, bien sabes que el año pasado fue complicadísimo y al final la propuesta no pudo colar, pero de este año te aseguro que no pasa.

–          Mira Jorge….yo te lo agradezco enormemente pero está decisión me ha costado muchas horas de sueño tomarla y de verdad que lamento decírtelo pero no hay marcha atrás, quería hablar contigo para entregarte la carta de renuncia. No quiero seguir en el proyecto.

Depositó la carta sobre la mesa  indicando que su fecha de salida sería dentro de un mes.

–          De verás que lo siento, haré todo lo posible para traspasar en estas semanas todos los temas pendientes a quien tu me indiques

Se levantó de la silla sereno y tranquilo, sabiendo que había hecho lo correcto y salió del despacho despidiéndose hasta la mañana siguiente.

Jorge no consiguió que Marcos aceptara la propuesta que en ese mismo momento le puso sobre la mesa, un 20% más de incremento  salarial que entraría en vigor una vez finalizado el proyecto.

De camino a casa en el coche, Jorge no encendió la radio como de costumbre. Conducía pensando en la reunión que acababa de mantener, intentando comprender los motivos que le habrían llevado a tomar la estúpida decisión de salir de la empresa, y además, no entendía su actitud dejándole colgado justo en ese momento.

Su obsesión por el impacto que la salida de Marcos tendría en el resultado final,  le impedía recordar que hacía meses que no bajaba a tomar un café con él, su memoria no ubicaba  la última vez que probablemente insinúo de manera efímera delante del director General el magnífico trabajo que Marcos estaba realizando, que nunca se sentó delante de él de manera natural para decirle que estaba haciendo un trabajo excepcional y  tampoco recordaba que las palabras de agradecimiento que esporádicamente le había dedicado, salían del manual del buen gestor y estas eran huecas, vacías, carentes de afecto simplemente lo agradecía porque el manual así lo indicaba.

No era capaz de recordar que durante mucho tiempo omitió una sincera palmada en la espalda acompañada de un simple pero sincero y honesto “Gracias por tu trabajo”.

“Conciliando”…el sueño

                          

En los últimos treinta años nuestro país ha atravesado una profunda revolución y evolución económica (ahora tan en tela de juicio) y social, siendo representada esta última por varios procesos: la incorporación masiva de la mujer al entorno laboral/profesional,  el acceso masivo a la realización de estudios universitarios y, consecuentemente, el retraso en la edad media de emancipación del hogar paterno con el correspondiente efecto colateral en el aumento de la edad media a la que una pareja tiene su primer hijo.

Pertenezco generacionalmente al “Baby boom” de los años 70. Mi mujer, profesional cualificado, navega, a diario, al igual que yo por las corrientes de un entorno profesional ultra exigente. Fui de los que accedí con total libertad al mundo universitario, no abandoné el nido paterno hasta más allá de los 27 años y tuve mi primer hijo por encima de los treinta. En otras palabras los cambios socio demográficos descritos en el primer párrafo me aplican de manera directa. Probablemente muchos de los que estéis leyendo este post os sintáis identificados en la misma línea o conozcáis a alguien en vuestro círculo de confianza que responde a ese perfil.

Si mezclamos todos esos aspectos en una coctelera obtendremos un sabroso combinado; un licor que nos suele provocar dolor de cabeza, resaca y que nos impide conciliar el sueño y más aspectos  de nuestra vida.

Cada vez hay más profesionales que beben del cocktail resultante y que entran en un círculo vicioso que gira alrededor del concepto “conciliación”; inicialmente del sueño y posteriormente de la dichosa dicotomía entre lo personal y profesional. Incluso el círculo gira en sentido contrario, primero no se concilia la dicotomía y posteriormente se acaba por no conciliar el sueño por no saber cómo llevar cabo un balance saludable de ambos planos.

Esos profesionales anhelan ver esfuerzos por parte de las organizaciones, tienen la necesidad de que estas, asuman que las reglas sociales del juego hace tiempo que cambiaron y que los modelos tradicionales de la organización del trabajo ya no son operativos, simplemente generan dolor de cabeza e insomnio.

La ecuación se ha complicado con la inclusión de innumerables variables. Lo más normal es, bueno, quizás habría que decir, era – resulta inevitable hablar en tiempo pasado dado el escandaloso número de parados que ahoga nuestro mercado laboral-  que si ambos miembros de la pareja trabajan, además lo hacen por cuenta ajena y decidieron tener hijos, el conflicto conciliador esté servido.

La logística doméstica nunca fue tan relevante como ahora; “back-office familiar” -léase abuelos- , guarderías, aulas matinales, campamentos de verano, “externas”, “internas”, actividades extraescolares; todo vale para poder dar el máximo en la organización para la que se trabaja, sin sentir la presión de tener que “escaparse” para ir a recoger a los niños al colegio, sin tener la sensación de que se está haciendo algo que no procede por “salir corriendo”. Cada vez más profesionales viven con la sensación de hacer una “pole position” cada día de la semana, de abarcar lo inabarcable, de convertirse en superhéroes o superheroinas.

Mientras el debate en la calle sigue girando entorno a las dificultades de conciliar vida personal y vida profesional, muchas organizaciones- si bien cada vez parece haber más excepciones- siguen siendo ajenas a que el modelo social es, simplemente, diferente. Siguen siendo reacias a asumir que su papel es crítico para permitir que los y las profesionales sigan dando lo máximo de sí mismos pero en un modelo de organización del trabajo diferente, necesariamente con más cintura.

No obstante, deberían ser los Líderes, Ejecutivos y Mandos intermedios pertenecientes a esa generación “X” nacida en los años 70, quienes progresivamente y en tanto en cuanto asuman posiciones de responsabilidad en la gestión de las organizaciones sean los artífices del cambio. Los que tengan en su mano la posibilidad de cambiar el modelo de organización del trabajo. Su Liderazgo no debería pasar por alto la responsabilidad de inyectar dosis necesarias de cambio, entendiendo que la organización del trabajo debe de hablar el mismo idioma que la realidad social. Será responsabilidad de esa “new wave” de directivos y mandos intermedios que dejemos de tener dificultades para conciliar el sueño y pasemos a conciliar los dos planos, personal y profesional, de una forma efectiva y real.

Del derecho y del revés… afortunadamente

El pequeño de mis hijos ha pasado una noche infernal, no me ha quedado más remedio que levantarme de madrugada e intentar consolarle meciéndole sobre mi regazo para que no despertara al resto de la familia.

Con unas pocas horas de sueño en el cuerpo me he puesto en pie para comenzar el día. Antes de despejarme con una ducha rápida he preparado la mochila de Laura; hoy tiene campamento de verano, (ese gran y necesario invento de los últimos años que nos permite “conciliar” durante parte del periodo estival) y había que elaborar la equipación a base de crema solar, toalla, gorra para el sol, manguitos de supervivencia…

En tiempo record me he compuesto para salir volando hacia el trabajo, claro está, después de llevar al pequeño a la guardería, que Dios mediante, continúa con su actividad y horario habitual durante el mes de Julio.

De llevar a Laura al campamento se ha encargado mi pareja, quien afortunadamente trabaja en una multinacional que hace tiempo interiorizó que la flexibilidad en el trabajo es una necesidad más que una moda pasajera, haciendo una correctísima lectura del nuevo orden social.

Por este orden: un atasco de media hora, dos reuniones matutinas, una conference call , un sándwich vegetal y un kit-kat como dieta mediterránea del día, la confección de dos informes, la revisión del avance de dos de los proyectos en los que trabaja mi equipo y aproximadamente un número indecente de emails leídos y respondidos…. Emprendo mi viaje de regreso a mi conciliada vida.

Primero, de vuelta a la guardería, en la que Marcos es ya de los últimos en salir, afortunadamente para mi sentimiento de culpa, no es el último niño, desafortunadamente para los pequeños cuyos progenitores corren peor suerte en cuanto a sus horarios que yo. (Pienso mientras le estrujo en un abrazo cargado de afecto y le como a besos)

Al llegar a casa, primero paso a recoger a Laura por casa de una de las vecinas de la “urba” quien amablemente me da cobertura durante este mes en el capítulo de “recogidas”.

El nivel de mi batería ya hace un buen rato que se encuentra en zona roja…, pero aún me quedan unas pocas tareas por delante, aunque lo enfoco de otra manera mientras me siento dos minutos en el parque que hay al lado de casa en el que Laura y Marcos juegan un rato antes de empezar las sesiones de baño.

Afortunadamente mi pareja entra en escena, ya a última hora de la tarde, para darme soporte en las partidas que restan hasta que dé con mis huesos en el sofá… baños, cenas, y el ritual de cada noche que gira en torno a orinales y cepillado de dientes, para culminar con una narración de cuento que dará por finalizado el capítulo infantil del día que comenzó párrafos atrás.

Nada tiene de excepcional ni de heroico esta relación de responsabilidades y logros que en otro tiempo pertenecieron y fueron exclusiva de un solo género y que de un tiempo a esta parte hemos incorporado a nuestro portfolio de quehaceres diarios aquellos que nos afeitamos cada mañana y que, eso sí, salvo que una alteración del genoma humano se produzca, nos seguiremos encargando de realizar la revisión periódica del coche en la ITV.

El nuevo orden social, nos ha obligado a compartir ese rol exclusivo de superhéroe cotidiano que nunca nos perteneció, ni se nos asignó, y que más que probablemente, no quisimos incorporar hasta que la realidad nos cruzó la cara, evidenciando que todo esto es cosa de dos. Bienaventurados aquellos que se consideran normales, y no creen ser superhéroes, por contribuir diariamente en poner del derecho el mundo que tanto tiempo estuvo del revés.