“Conciliando”…el sueño

                          

En los últimos treinta años nuestro país ha atravesado una profunda revolución y evolución económica (ahora tan en tela de juicio) y social, siendo representada esta última por varios procesos: la incorporación masiva de la mujer al entorno laboral/profesional,  el acceso masivo a la realización de estudios universitarios y, consecuentemente, el retraso en la edad media de emancipación del hogar paterno con el correspondiente efecto colateral en el aumento de la edad media a la que una pareja tiene su primer hijo.

Pertenezco generacionalmente al “Baby boom” de los años 70. Mi mujer, profesional cualificado, navega, a diario, al igual que yo por las corrientes de un entorno profesional ultra exigente. Fui de los que accedí con total libertad al mundo universitario, no abandoné el nido paterno hasta más allá de los 27 años y tuve mi primer hijo por encima de los treinta. En otras palabras los cambios socio demográficos descritos en el primer párrafo me aplican de manera directa. Probablemente muchos de los que estéis leyendo este post os sintáis identificados en la misma línea o conozcáis a alguien en vuestro círculo de confianza que responde a ese perfil.

Si mezclamos todos esos aspectos en una coctelera obtendremos un sabroso combinado; un licor que nos suele provocar dolor de cabeza, resaca y que nos impide conciliar el sueño y más aspectos  de nuestra vida.

Cada vez hay más profesionales que beben del cocktail resultante y que entran en un círculo vicioso que gira alrededor del concepto “conciliación”; inicialmente del sueño y posteriormente de la dichosa dicotomía entre lo personal y profesional. Incluso el círculo gira en sentido contrario, primero no se concilia la dicotomía y posteriormente se acaba por no conciliar el sueño por no saber cómo llevar cabo un balance saludable de ambos planos.

Esos profesionales anhelan ver esfuerzos por parte de las organizaciones, tienen la necesidad de que estas, asuman que las reglas sociales del juego hace tiempo que cambiaron y que los modelos tradicionales de la organización del trabajo ya no son operativos, simplemente generan dolor de cabeza e insomnio.

La ecuación se ha complicado con la inclusión de innumerables variables. Lo más normal es, bueno, quizás habría que decir, era – resulta inevitable hablar en tiempo pasado dado el escandaloso número de parados que ahoga nuestro mercado laboral-  que si ambos miembros de la pareja trabajan, además lo hacen por cuenta ajena y decidieron tener hijos, el conflicto conciliador esté servido.

La logística doméstica nunca fue tan relevante como ahora; “back-office familiar” -léase abuelos- , guarderías, aulas matinales, campamentos de verano, “externas”, “internas”, actividades extraescolares; todo vale para poder dar el máximo en la organización para la que se trabaja, sin sentir la presión de tener que “escaparse” para ir a recoger a los niños al colegio, sin tener la sensación de que se está haciendo algo que no procede por “salir corriendo”. Cada vez más profesionales viven con la sensación de hacer una “pole position” cada día de la semana, de abarcar lo inabarcable, de convertirse en superhéroes o superheroinas.

Mientras el debate en la calle sigue girando entorno a las dificultades de conciliar vida personal y vida profesional, muchas organizaciones- si bien cada vez parece haber más excepciones- siguen siendo ajenas a que el modelo social es, simplemente, diferente. Siguen siendo reacias a asumir que su papel es crítico para permitir que los y las profesionales sigan dando lo máximo de sí mismos pero en un modelo de organización del trabajo diferente, necesariamente con más cintura.

No obstante, deberían ser los Líderes, Ejecutivos y Mandos intermedios pertenecientes a esa generación “X” nacida en los años 70, quienes progresivamente y en tanto en cuanto asuman posiciones de responsabilidad en la gestión de las organizaciones sean los artífices del cambio. Los que tengan en su mano la posibilidad de cambiar el modelo de organización del trabajo. Su Liderazgo no debería pasar por alto la responsabilidad de inyectar dosis necesarias de cambio, entendiendo que la organización del trabajo debe de hablar el mismo idioma que la realidad social. Será responsabilidad de esa “new wave” de directivos y mandos intermedios que dejemos de tener dificultades para conciliar el sueño y pasemos a conciliar los dos planos, personal y profesional, de una forma efectiva y real.

Del derecho y del revés… afortunadamente

El pequeño de mis hijos ha pasado una noche infernal, no me ha quedado más remedio que levantarme de madrugada e intentar consolarle meciéndole sobre mi regazo para que no despertara al resto de la familia.

Con unas pocas horas de sueño en el cuerpo me he puesto en pie para comenzar el día. Antes de despejarme con una ducha rápida he preparado la mochila de Laura; hoy tiene campamento de verano, (ese gran y necesario invento de los últimos años que nos permite “conciliar” durante parte del periodo estival) y había que elaborar la equipación a base de crema solar, toalla, gorra para el sol, manguitos de supervivencia…

En tiempo record me he compuesto para salir volando hacia el trabajo, claro está, después de llevar al pequeño a la guardería, que Dios mediante, continúa con su actividad y horario habitual durante el mes de Julio.

De llevar a Laura al campamento se ha encargado mi pareja, quien afortunadamente trabaja en una multinacional que hace tiempo interiorizó que la flexibilidad en el trabajo es una necesidad más que una moda pasajera, haciendo una correctísima lectura del nuevo orden social.

Por este orden: un atasco de media hora, dos reuniones matutinas, una conference call , un sándwich vegetal y un kit-kat como dieta mediterránea del día, la confección de dos informes, la revisión del avance de dos de los proyectos en los que trabaja mi equipo y aproximadamente un número indecente de emails leídos y respondidos…. Emprendo mi viaje de regreso a mi conciliada vida.

Primero, de vuelta a la guardería, en la que Marcos es ya de los últimos en salir, afortunadamente para mi sentimiento de culpa, no es el último niño, desafortunadamente para los pequeños cuyos progenitores corren peor suerte en cuanto a sus horarios que yo. (Pienso mientras le estrujo en un abrazo cargado de afecto y le como a besos)

Al llegar a casa, primero paso a recoger a Laura por casa de una de las vecinas de la “urba” quien amablemente me da cobertura durante este mes en el capítulo de “recogidas”.

El nivel de mi batería ya hace un buen rato que se encuentra en zona roja…, pero aún me quedan unas pocas tareas por delante, aunque lo enfoco de otra manera mientras me siento dos minutos en el parque que hay al lado de casa en el que Laura y Marcos juegan un rato antes de empezar las sesiones de baño.

Afortunadamente mi pareja entra en escena, ya a última hora de la tarde, para darme soporte en las partidas que restan hasta que dé con mis huesos en el sofá… baños, cenas, y el ritual de cada noche que gira en torno a orinales y cepillado de dientes, para culminar con una narración de cuento que dará por finalizado el capítulo infantil del día que comenzó párrafos atrás.

Nada tiene de excepcional ni de heroico esta relación de responsabilidades y logros que en otro tiempo pertenecieron y fueron exclusiva de un solo género y que de un tiempo a esta parte hemos incorporado a nuestro portfolio de quehaceres diarios aquellos que nos afeitamos cada mañana y que, eso sí, salvo que una alteración del genoma humano se produzca, nos seguiremos encargando de realizar la revisión periódica del coche en la ITV.

El nuevo orden social, nos ha obligado a compartir ese rol exclusivo de superhéroe cotidiano que nunca nos perteneció, ni se nos asignó, y que más que probablemente, no quisimos incorporar hasta que la realidad nos cruzó la cara, evidenciando que todo esto es cosa de dos. Bienaventurados aquellos que se consideran normales, y no creen ser superhéroes, por contribuir diariamente en poner del derecho el mundo que tanto tiempo estuvo del revés.